No todo triunfo es victoria
Por: Luis Fernando Jaramillo Arias
Preocupa, y mucho, la posibilidad de que Colombia llegue a
una elección presidencial en la que el resultado formal no corresponda a una
voluntad ciudadana libre, limpia y sin presiones.
No hablo de desconocer caprichosamente las instituciones.
Por el contrario, uno de los hechos que todavía tranquiliza es la seriedad de
la Registraduría Nacional del Estado Civil y la postura jurídica y neutral que ha
mantenido el Consejo Nacional Electoral. En una democracia, las reglas
importan, los escrutinios importan y la institucionalidad importa.
Pero también
importa que el poder no meta la mano indebida en la conciencia del elector.
Un gobierno que debería gobernar para todos los colombianos
parece empeñado en hacer campaña desde los balcones oficiales, como si el fuero
presidencial le diera patente de corso para burlar la ley. Se usan discursos,
subsidios, contratos, dádivas y presiones territoriales para empujar una
candidatura que representa un quiebre profundo del contrato social, del modelo
económico y de las libertades que, con todos sus defectos, han sostenido a
Colombia como una democracia.
A eso se suma el control de grupos armados en extensas
regiones, la conversión de supuestos gestores de paz en operadores políticos,
la descalificación sistemática de instituciones como el Banco de la República,
las Cortes y los órganos electorales, y el silencio congelado de las entidades
de control que deberían actuar antes de que el daño sea irreversible.
El país no puede aceptar que se prepare simultáneamente el
triunfo por presión y la derrota por narrativa. Si ganan, todo fue legítimo; si
pierden, todo fue fraude. Esa es una trampa vieja con disfraz nuevo.
La pregunta es inevitable: Si llegare a producirse un
triunfo obtenido con abuso de poder, compra de votos, presión armada o fraude,
¿Qué haremos los colombianos de bien?
La respuesta no puede ser convertirnos en aquello que hemos
criticado. No se defiende la libertad copiando métodos de violencia. La salida
tiene que ser cívica, jurídica, firme, organizada y masiva. Vigilancia
electoral, denuncias documentadas, movilización pacífica, unidad democrática y
defensa sin complejos de la Constitución.
Colombia no necesita un M-19 del siglo XXI, ni primeras
líneas para generar violencia sin freno. Necesita ciudadanos erguidos.
La democracia se defiende antes, durante y después de las
elecciones.


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